REX REGUM: La Adoración de los Magos del Retablo Mayor

“Se postrarán ante Ti, Señor, todos los reyes de la Tierra”

-Salmo 71-

 

Concluye el tiempo de Navidad con la llegada de año nuevo y la celebración, hoy día 6 de enero, de la Epifanía del Señor: la Adoración de los Magos de Oriente al Niño Dios, manifestando así la Divina Realeza de Cristo y su inmenso poder soberano como Rey de Reyes.

Por la efeméride que nos ocupa hemos escogido este pasaje del retablo mayor de nuestra insigne Catedral, con la voluntad de contruibuir desde esta web a la difusión de nuestro patrimonio espiritual y sacro. A nadie escapa que el conjunto retablístico que ocupa la Capilla Mayor -presbiterio- es de una suntuosidad apabullante, que recoge en sí toda la maestría renacentista de Gaspar Becerra y de su taller, por un lado; y por otro, el mensaje catequético que pretendía -y pretende- transmitir visualmente la vida de San María Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, a través de las escenas cotidianas que jalonan su vida según los relatos evangélicos y las venerables y antiguas tradiciones recogidas a lo largo de los siglos. El retablo, ejecutado en la segunda mitad del siglo XVI, pretende de este modo ser un vehículo infalible para la comunicación plástica de la Historia de la Salvación, utilizando para ello las técnicas artísticas propias del momento y del estilo imperante -Renacimiento- adaptándolas -para una mejor expresión- a los cánones derivados del reformador Concilio de Trento que reafirma la catolicidad del culto a la Virgen, la veneración de las imágenes con fines pastorales y la comunión de los Santos y de la Iglesia como intermediarios entre Dios y el género humano en la dispensación de todas las gracias, siendo la Eucaristía centro y culmen de la vida del cristiano y fuente de caridad y perfección.

 

 

A través de una composición densa pero perfectamente ordenada, la escena tiene como centro la figura del Niño Dios, dotada de dinamismo y realeza, sostenido por una Virgen madre que en el perfil de su rostro deja entrever los modelos clásicos más genuinos de la belleza femenina, con un tocado y recogido del cabello similar al de las antiguas diosas paganas grecolatinas. El clasicismo que rezuma la escena -como la de todas las tablas que componen el retablo- es indudable; también lo apreciamos en la vestimenta de los Reyes Magos y del séquito que les acompaña, revestidos de armaduras con corazas ricamente decoradas cubiertas por sobremanto recogido al hombro, característica de los uniformes de los generales romanos. Como curiosidad, aparece Baltasar que, heredando la tradición iniciada en el siglo XIV, el artista ha representado como un hombre de color, señalando así la relevancia de los Magos de Oriente como representantes de los reinos de todo el Orbe conocido.

La escena se encuentra impregna de una poderosa unción: San José contempla absorto la escena; la virgen muestra al Niño complacida ante las reales visitas; Melchor parece enmudecer mientras entrega su presente arrodillando ante el Divino Infante, en actitud de pleitesía; Gaspar y Baltasar parecen contener la emoción en su mirada, atónitos, por saberse en presencia del Redentor del Mundo. Los demás personajes contemplan la escena mística sigilosamente.

La policromía alterna colores fríos y cálidos de forma tan suave que apenas remarca la textura de las vestiduras, contraponiendo los reflejos metálicos de las prendas bélicas con los suaves tonos de los ropajes, destacando la encarnadura de los personajes, de tez pálida y mejillas sonrosadas -con excepción del Rey Baltasar-, labios carnosos, ojos almendrados y abundante cabellera carente de profusión tallada que otorga al conjunto un toque de naturalismo.